jueves, 11 de julio de 2013

duelo en la infancia



El duelo en la infancia. El mal manejo del proceso de muerte en un niño, traer repercusiones en su desarrollo.
Por: Ana Sofía Moreno Oregel

 No dudo que la mayoría de los niños pequeños sepan algo sobre la muerte. Escuchan hablar de ella en cuentos infantiles, la ven en la televisión y pueden  llegar a toparse con animales muertos en la calle; a pesar de esto no son  totalmente maduros para entender el verdadero significado del final de la vida.
 ¿Cómo explicarle a un niño que su madre, su abuelo o cualquier ser querido ha muerto, y ya no va a regresar jamás; no lo volverá a ver? Esta pregunta es cuestionada por nosotros los adultos cada que nos enfrentamos a la muerte de un ser querido y un infante está involucrado es este proceso. Como consecuencia tememos a que el niño sufra y es por eso que utilizamos frases como;  “siempre te estará viendo”,  “Tu  papá es esa estrella y siempre que quieras platicar con él, te va a escuchar”, entre muchos otros eufemismos. Lo mejor es no mentirles. Si alguien cercano ha muerto o sabemos que padece una enfermedad terminal, los niños necesitan participar de alguna manera en el duelo por el cual se va a atravesar.
La Real Academia Española define eufemismo como “Una manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”.  En nuestra cultura tendemos a evadir el tema de la muerte, y más cuando se trata de que un niño sea testigo del dolor y la tristeza que genera una perdida, por lo tanto preferimos ocultar la verdad y mentirles sobre ello. Solemos excluirlos de expresarse de una manera determinada y responder de manera ficticia ante la realidad que están enfrentando; estas respuestas inadecuadas pueden continuar por años e interferir con su adaptación social y escolar; asociándose con problemas psiquiátricos en la vida adulta e interfiriendo en los procesos de duelo que el infante debe atravesar.
Conviene aclarar que la forma que tiene el niño de enfrentarse a la muerte de un ser querido es bien distinta de la que tiene el adulto porque su concepto de muerte no llega a ser maduro hasta los diez u once años; aunque sientan de igual manera tristeza y abatimiento, no lo expresan de igual manera. Los niños expresan inicialmente temor, confusión y escepticismo al referirse a la muerte. Luego experimentan sentimientos de tristeza, un anhelo por el regreso de la persona, dificultades en la concentración, el sueño, y cambios en la alimentación. La muerte de un padre es la pérdida más traumática por la cual atraviesa un niño y tiene un gran riesgo en su sentido de seguridad y puede generar efectos adversos como quejas somáticas y accidentes; problemas en el rendimiento académico, conflictos sociales por asilamiento y expresiones psicológicas (depresión, ansiedad, síntomas de estrés postraumático, duelo traumático y autoestima baja). Todo esto es consecuencia de un duelo que no ha sido concluido y fue mal elaborado.
Gloria Sierra afirma que “Los niños no pueden elaborar el duelo hasta que no tienen formada la identidad por completo y esto se produce al final de la adolescencia” (Sierra, G. 2007).
  Sin embargo, existen diversas teorías que reconocen que los niños si pueden realizar el duelo; pero, de igual manera, coinciden en que este proceso debe realizarse en el desarrollo normal de esta etapa y no de la imposición que tenemos los adultos sobre ellos.
Las fases del duelo en niños se dividen de la siguiente manera: fase de protesta, no acepta la muerte; fase de congoja, búsqueda de la persona fallecida; la fase de aceptación. 
Es muy importante destacar que la intensidad y duración de la fase del duelo es la disponibilidad de apoyo que se le brinda al infante. Identificar casos anormales en este proceso es esencial y conocer los recursos para facilitar el duelo, han demostrado ser eficaces, ya que, si no es procesado correctamente, se puede convertir en un duelo patológico.
En mi curso de tanatología, mi profesora, experta en estos temas y especialista en los procesos de duelo infantiles; comentaba un caso de una niña que sufrió un duelo patológico por el mal manejo que tuvieron en ella. Su papá murió de cáncer cuando ella tenía cuatro años, siendo hija única de padres jóvenes. La enfermedad de su padre comenzó cuando ella tenía tres años, lo que genero incertidumbre en el entorno familiar, eso llevo a que se estrechara un vínculo muy fuerte entre los padres pasando gran parte del tiempo en su casa, solos, sin salir con familiares y amigos, apartándose por completo de la sociedad.  La niña se quedaba con ellos y desarrollarse más precozmente de lo normal. Participaba en las ageustias de sus padres por el deterioro de la enfermedad del papá. A pesar de todo, nunca le explicaron lo que estaba sucediendo.
Cuando su papá murió, los abuelos le dieron explicaciones muy ambiguas como y la madre no le habló en sobre eso, mencionando que no observó ninguna expresión de tristeza en la niña.
La mama tenía un vínculo muy estrecho con su esposo y decía que no podía permitirse el dolor y la tristeza por su pequeña hija, ya que no quería que lo sintiera igual que ella; así que se dedicó únicamente a su profesión. Para esto la niña se quedaba en casa de sus abuelos que actuaban frente a ella como si nada hubiera pasado. Como consecuencia la niña comenzó a tener problemas en la escuela, al paso de los años no logro entrar a secundaria y su vida social es solitaria.
Así como este caso, existen muchos más, donde los adultos o el padre que aún sigue vivo prefiere no enfrentar al niño, es algo injusto porque no nos damos cuenta que  el niño ya perdió a un ser querido y el aislamiento de otro es una doble perdida para él.  Diferentes autores han señalado que el modo en que un niño trabaja su experiencia de pérdida está ligado a la subjetivación que de la misma puedan hacer los adultos con  quienes convive.
Es muy importante que cuando un niño nos cuestione sobre el tema, contestarle con sinceridad, pero hasta donde él quiera saber, es importante no hablar más de lo que el infante quiere saber. El contacto afectivo también es un punto muy importante, mantenerse cerca del infante en este proceso es esencial, demostrarle amor, cariño y empatía es lo que él necesita. El niño intuye enseguida que la muerte va a tener muchas consecuencias en la familia. Es bueno decirle que, aunque estamos muy tristes por lo ocurrido, vamos a seguir ocupándonos de él lo mejor posible.
Hay que motivar al niño a que asista a los rituales religiosos, como funerales, entierro, etc. Tomar parte de este proceso le puede ayudar a entender mejor la muerte y a superar el proceso de duelo. Si el niño no quiere ver el cadáver o participar en algún acto, no obligarle ni hacer que se sienta culpable por no haber ido. Y por último,  como mencioné anteriormente, es muy importante ser sincero con el niño, apartarlo de la realidad no va a hacer que evitemos su sufrimiento.
El antiguo dicho “el tiempo lo cura todo” no aplica en los niños, es egoísta pensar que por ser pequeños van a olvidar la muerte más fácil y es por esto que queremos demostrarles que no existe sufrimiento. Es por eso que nosotros como adultos, conozcamos sobre el tema y nos preparemos para enfrentar la muerte, tenemos que aceptar que en alguno momento va a llegar. Preferimos evadirla y preocuparnos solo en el presente, pero la realidad es esta; la realidad es que la muerte nos va a llegar a todos y es conveniente conocer sobre ella, en especial cuando un niño pequeño está a nuestro cargo.


Bibliografía
1.      Alcatran, D. (2008). Depresión del niño por pérdida de personas. México: Revista de psicología.
2.      Sierra, G. (2007). De la mano con los niños. Colombia: San Pablo.
3.      S/A. Real Academia Española en  http://www.rae.es/rae.html. Fecha de consulta: 01/07/2013

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