El
duelo en la infancia. El mal manejo del proceso de muerte en un niño, traer
repercusiones en su desarrollo.
Por:
Ana Sofía Moreno Oregel
No dudo que la mayoría de los niños pequeños
sepan algo sobre la muerte. Escuchan hablar de ella en cuentos infantiles, la
ven en la televisión y pueden llegar a toparse
con animales muertos en la calle; a pesar de esto no son totalmente maduros para entender el verdadero
significado del final de la vida.
¿Cómo explicarle a un niño que su madre, su
abuelo o cualquier ser querido ha muerto, y ya no va a regresar jamás; no lo
volverá a ver? Esta pregunta es cuestionada por nosotros los adultos cada que
nos enfrentamos a la muerte de un ser querido y un infante está involucrado es
este proceso. Como consecuencia tememos a que el niño sufra y es por eso que
utilizamos frases como; “siempre te
estará viendo”, “Tu papá es esa estrella y siempre que quieras
platicar con él, te va a escuchar”, entre muchos otros eufemismos. Lo mejor es
no mentirles. Si alguien cercano ha muerto o sabemos que padece una enfermedad
terminal, los niños necesitan participar de alguna manera en el duelo por el
cual se va a atravesar.
La Real Academia
Española define eufemismo como “Una manifestación suave o decorosa de ideas
cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”. En nuestra cultura tendemos a evadir el tema
de la muerte, y más cuando se trata de que un niño sea testigo del dolor y la
tristeza que genera una perdida, por lo tanto preferimos ocultar la verdad y
mentirles sobre ello. Solemos excluirlos de expresarse de una manera
determinada y responder de manera ficticia ante la realidad que están
enfrentando; estas respuestas inadecuadas pueden continuar por años e
interferir con su adaptación social y escolar; asociándose con problemas
psiquiátricos en la vida adulta e interfiriendo en los procesos de duelo que el
infante debe atravesar.
Conviene
aclarar que la forma que tiene el niño de enfrentarse a la muerte de un ser
querido es bien distinta de la que tiene el adulto porque su concepto de muerte
no llega a ser maduro hasta los diez u once años; aunque sientan de igual
manera tristeza y abatimiento, no lo expresan de igual manera. Los niños expresan inicialmente temor,
confusión y escepticismo al referirse a la muerte. Luego experimentan
sentimientos de tristeza, un anhelo por el regreso de la persona, dificultades
en la concentración, el sueño, y cambios en la alimentación. La muerte de un
padre es la pérdida más traumática por la cual atraviesa un niño y tiene un
gran riesgo en su sentido de seguridad y puede generar efectos adversos como
quejas somáticas y accidentes; problemas en el rendimiento académico,
conflictos sociales por asilamiento y expresiones psicológicas (depresión,
ansiedad, síntomas de estrés postraumático, duelo traumático y autoestima baja).
Todo esto es consecuencia de un duelo que no ha sido concluido y fue mal
elaborado.
Gloria Sierra afirma
que “Los niños no pueden elaborar el duelo hasta que no tienen formada la
identidad por completo y esto se produce al final de la adolescencia” (Sierra,
G. 2007).
Sin embargo, existen diversas teorías que
reconocen que los niños si pueden realizar el duelo; pero, de igual manera,
coinciden en que este proceso debe realizarse en el desarrollo normal de esta
etapa y no de la imposición que tenemos los adultos sobre ellos.
Las fases del duelo en niños se
dividen de la siguiente manera: fase de protesta, no acepta la muerte; fase de
congoja, búsqueda de la persona fallecida; la fase de aceptación.
Es muy importante destacar que la
intensidad y duración de la fase del duelo es la disponibilidad de apoyo que se
le brinda al infante. Identificar casos anormales en este proceso es esencial y
conocer los recursos para facilitar el duelo, han demostrado ser eficaces, ya
que, si no es procesado correctamente, se puede convertir en un duelo
patológico.
En mi curso de tanatología,
mi profesora, experta en estos temas y especialista en los procesos de duelo
infantiles; comentaba un caso de una niña que sufrió un duelo patológico por el
mal manejo que tuvieron en ella. Su papá murió de cáncer cuando ella tenía
cuatro años, siendo hija única de padres jóvenes. La enfermedad de su padre
comenzó cuando ella tenía tres años, lo que genero incertidumbre en el entorno
familiar, eso llevo a que se estrechara un vínculo muy fuerte entre los padres
pasando gran parte del tiempo en su casa, solos, sin salir con familiares y
amigos, apartándose por completo de la sociedad. La niña se quedaba con ellos y desarrollarse
más precozmente de lo normal. Participaba en las ageustias de sus padres por el
deterioro de la enfermedad del papá. A pesar de todo, nunca le explicaron lo
que estaba sucediendo.
Cuando su papá
murió, los abuelos le dieron explicaciones muy ambiguas como y la madre no le
habló en sobre eso, mencionando que no observó ninguna expresión de tristeza en
la niña.
La mama tenía un
vínculo muy estrecho con su esposo y decía que no podía permitirse el dolor y
la tristeza por su pequeña hija, ya que no quería que lo sintiera igual que
ella; así que se dedicó únicamente a su profesión. Para esto la niña se quedaba
en casa de sus abuelos que actuaban frente a ella como si nada hubiera pasado.
Como consecuencia la niña comenzó a tener problemas en la escuela, al paso de
los años no logro entrar a secundaria y su vida social es solitaria.
Así como este
caso, existen muchos más, donde los adultos o el padre que aún sigue vivo
prefiere no enfrentar al niño, es algo injusto porque no nos damos cuenta
que el niño ya perdió a un ser querido y
el aislamiento de otro es una doble perdida para él. Diferentes autores han señalado que el modo
en que un niño trabaja su experiencia de pérdida está ligado a la subjetivación
que de la misma puedan hacer los adultos con quienes convive.
Es muy
importante que cuando un niño nos cuestione sobre el tema, contestarle con
sinceridad, pero hasta donde él quiera saber, es importante no hablar más de lo
que el infante quiere saber. El contacto afectivo también es un punto muy
importante, mantenerse cerca del infante en este proceso es esencial,
demostrarle amor, cariño y empatía es lo que él necesita. El niño intuye enseguida
que la muerte va a tener muchas consecuencias en la familia. Es bueno decirle
que, aunque estamos muy tristes por lo ocurrido, vamos a seguir ocupándonos de
él lo mejor posible.
Hay que motivar
al niño a que asista a los rituales religiosos, como funerales, entierro, etc.
Tomar parte de este proceso le puede ayudar a entender mejor la muerte y a
superar el proceso de duelo. Si el niño no quiere ver el cadáver o participar
en algún acto, no obligarle ni hacer que se sienta culpable por no haber ido. Y
por último, como mencioné anteriormente,
es muy importante ser sincero con el niño, apartarlo de la realidad no va a
hacer que evitemos su sufrimiento.
El antiguo dicho
“el tiempo lo cura todo” no aplica en los niños, es egoísta pensar que por ser
pequeños van a olvidar la muerte más fácil y es por esto que queremos
demostrarles que no existe sufrimiento. Es por eso que nosotros como adultos,
conozcamos sobre el tema y nos preparemos para enfrentar la muerte, tenemos que
aceptar que en alguno momento va a llegar. Preferimos evadirla y preocuparnos
solo en el presente, pero la realidad es esta; la realidad es que la muerte nos
va a llegar a todos y es conveniente conocer sobre ella, en especial cuando un
niño pequeño está a nuestro cargo.
Bibliografía
1. Alcatran,
D. (2008). Depresión del niño por pérdida
de personas. México: Revista de psicología.
2. Sierra,
G. (2007). De la mano con los niños.
Colombia: San Pablo.

